La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) ha vuelto a alzar su voz esta semana, el 26 de junio, para reiterar un llamado urgente a Venezuela: levantar las restricciones de acceso a internet y asegurar la libre comunicación en el país. Esta demanda no es nueva, pero cobra una dimensión crítica y desgarradora tras los recientes terremotos que han sacudido varias regiones, dejando un rastro de destrucción y, lo más doloroso, una cifra alarmante de hasta 50.000 desaparecidos, según estimaciones de la propia ONU.
Para el venezolano que reside en España o en cualquier parte de la diáspora, esta noticia no es un mero titular. Es una preocupación tangible, una punzada de angustia que se suma a la ya persistente incertidumbre sobre el bienestar de los suyos. ¿Cómo saber si tu madre, tu hermano, tu hijo están a salvo si las líneas están caídas o el acceso a la información está limitado? En tiempos de crisis, la comunicación es un salvavidas, y hoy, para muchos, ese salvavidas está cortado o bajo amenaza.
Un obstáculo para la ayuda y la esperanza
Los bloqueos de internet y las restricciones al acceso a la información no solo impiden el contacto personal. Tienen un impacto devastador en la capacidad de respuesta ante una emergencia de esta magnitud. Imaginen la dificultad para coordinar equipos de rescate, distribuir ayuda humanitaria, o incluso compartir información vital sobre refugios seguros o puntos de atención médica, si las comunicaciones digitales son intermitentes o están censuradas. Para las organizaciones humanitarias, tanto locales como internacionales, cada minuto cuenta, y la interrupción de la red se convierte en un muro insalvable que cuesta vidas.
Para las familias en Venezuela, que ya enfrentan una infraestructura de servicios públicos precaria, un desastre natural como un terremoto multiplica el caos. La posibilidad de acceder a un buscador de personas desaparecidas en línea, como el que ha habilitado talcualdigital.com, es un hilo de esperanza. Pero ¿de qué sirve esa herramienta si miles no pueden conectarse a la red para usarla, o si el acceso a portales informativos es bloqueado selectivamente?
Desde la diáspora, la preocupación es doble. Por un lado, la desesperación por no poder comunicarse con los seres queridos en las zonas afectadas. Las aplicaciones de mensajería instantánea y las redes sociales son, para muchos, el único puente con su hogar. Por otro, la dificultad para enviar ayuda. Las remesas, ese salvavidas económico que envía la diáspora, dependen en gran medida de plataformas digitales y sistemas de pago que requieren una conexión estable. Si la gente no puede acceder a los servicios bancarios en línea o a las plataformas de envío de dinero, el apoyo se retrasa o simplemente no llega.
La angustia de la desconexión
Muchos venezolanos en España viven con el teléfono pegado a la mano, esperando un mensaje, una llamada, cualquier señal de vida de sus parientes. La noticia de la ONU no hace más que confirmar sus peores temores: no es solo la distancia geográfica, sino también una barrera digital impuesta la que les impide estar cerca en el peor momento. Esta situación genera estrés, ansiedad y una sensación de impotencia que golpea duramente la salud mental de nuestra comunidad.
Esta semana, la confirmación de la muerte de Isabel Jara, delegada de Canarias en Venezuela, quien vivía en La Guaira, es otro recordatorio doloroso de la magnitud de la tragedia. La Guaira, como muchas otras zonas, ha sido duramente golpeada. Cada historia individual se suma a la tragedia colectiva y subraya la necesidad de una comunicación abierta y fluida.
¿Qué puede hacer una familia venezolana en España ahora mismo? Más allá de la búsqueda incansable en redes sociales y grupos de apoyo, es crucial estar atentos a la información verificada. Organizaciones como la ACNUDH y medios independientes son fuentes vitales. También, apoyar las iniciativas de ayuda humanitaria que trabajan para sortear estas barreras, y mantener la presión sobre las autoridades para que prioricen la vida y la comunicación sobre cualquier otro interés. La resiliencia de nuestra gente es inmensa, pero en momentos así, la capacidad de estar conectados puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la desesperación.
La voz de la ONU es un recordatorio de que la libertad de expresión y el acceso a la información no son lujos, sino derechos fundamentales que se vuelven aún más esenciales cuando la tierra tiembla y la vida pende de un hilo. Para la diáspora venezolana, esto significa seguir luchando por la verdad y por la conexión con sus raíces, aun cuando los puentes se quieran derribar digitalmente.

